¿Cómo sanar tus heridas?

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Las heridas emocionales forman parte del aprendizaje de la persona. A veces es muy difícil, pero hay que saber curarlas para poder mirar hacia delante con optimismo.

 

¡Cuántas veces hemos terminado heridos! Las heridas son algo que debemos sanar, pero es muy difícil, pues su dolor perdura, nos hace sufrir demasiado, nos marca para siempre.

 

Algunas heridas emocionales son más profundas que otras. Unas se van sin dejar rastro, pero otras dejan una cicatriz completamente imborrable. Algunas heridas nunca se cerrarán… o al menos eso creíamos hasta ahora.

 

Pensamos, quizás, que nuestra vida sería mucho mejor si no sufriésemos, si nunca nos hiciesen daño. Lo que no sabemos es que esto forma parte de nuestro aprendizaje, es lo que nos transforma, lo que nos hace evolucionar y aprender.

 

Toda experiencia, positiva o negativa, nos marcará, pero siempre recordamos con un mal sabor de boca aquellas experiencias que nos han marcado para mal.

 

Hoy sabremos cómo sanar nuestras heridas de la mejor manera para que logremos aprender, para que logremos cerrarlas y convertirlas en una mera experiencia más de nuestra vida.

 

Cuida de tus heridas para que cicatricen bien

 

Nuestras heridas emocionales son mucho peores que nuestras heridas físicas, pero debemos tratarlas por igual. Los pasos a seguir son muy similares a cuando tratamos una herida o un golpe que hemos sufrido.

 

El hecho de no verlo de esta manera provoca que ignoremos nuestro dolor, que giremos la cara a la herida, provocando que esta se infecte, que no se cure bien y que nos provoque aún más pesares.

 

Por este motivo, vamos a ver qué pasos seguir para sanar nuestras heridas:

 

  1. ¿Dónde está la herida?

En primer lugar, debemos encontrar nuestra herida, el porqué de este dolor. En vez de mirar para otro lado, busca en tu interior y si es necesario ¡háblalo o busca ayuda!

En ocasiones, no logramos encontrar nuestra propia herida por nosotros mismos y necesitamos de ayuda externa. No tengas miedo a sentirte vulnerable, ¡que no te dé vergüenza! Una vez encontrada y sabiendo el motivo, continuamos…

 

  1. Sopesa lo grave que es

Cuando vemos nuestra herida debemos valorar la gravedad de la misma, si la tiene. A veces nos duele más de lo que pensamos, incluso en ocasiones es un dolor que tan solo nosotros mismos creamos en nuestra mente.

Ya la has encontrado, así que ahora fíjate en ella, analízala para poder sanarla de la mejor manera, para encontrar el tratamiento adecuado para ella. No la ignores, asume tu herida.

 

  1. Es el momento de curar

Este es el momento más doloroso, recuerda cuando tienes que ponerte agua oxigenada o betadine en un corte, ¿verdad que escuece? Pues nuestras heridas emocionales también lo hacen.

Es importante que sigamos adelante pase lo que pase, porque será un punto de inflexión en el que nos pondremos a prueba. A veces la cura será abrir los ojos a la realidad, otras ponerle solución a una situación indeseada, otras cortar por lo sano, otras llorar…

 

  1. Permítele cicatrizar

Depende de la gravedad de la herida el tiempo que le lleva cicatrizar. Desde luego, no va a ser algo que suceda de un día para otro, sino que necesitará un tiempo.

Es normal que cueste, es normal que aún te duela. Pero debes asumir que la vida sigue, que aún hay mucho bueno en ella. No permitas que tu positivismo se vea empañado por la negatividad. Cicatriza tu herida, mira hacia adelante y sonríe.

 

“Para todas las heridas del alma, por profundas que sean, el tiempo, ese gran consolador tiene su bálsamo“.

–Cristoph Martin Wieland.

 

No tengas vergüenza de tus heridas, pues todos hemos sido dañados en algún momento. El problema es que las ignoramos, creemos que el tiempo o distraernos las sanarán.

 

Es cierto que la distracción y el tiempo pueden curarlas, pero solo si previamente nos hemos acercado a nuestra herida, la hemos observado, hemos identificado qué la ha provocado y la hemos cerrado. Tampoco es cuestión de cerrarla y no volver a ella, es cuestión de permitirla cicatrizar para que al volver sobre ella ya no duela.

 

Sanar nuestras heridas nos permitirá que se conviertan en oportunidades de aprendizaje y que, sobre todo, superemos el miedo a eso que las ha provocado.

 

 

 

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