¿Crees que lo educas con golpes?

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¿Su conducta te sacó de tus cabales?. Y en un arrebato le estiraste la mano… Después, claro, nos sentimos fatal. Aunque vengan a la mente frases de justificación como “es por su bien”, en el fondo algo nos dice que estamos haciendo daño a nuestro hijo. Así como ya nadie conciben que le peguen en la escuela, dentro de unos años, seguramente el castigo físico en la familia será historia.

 El problema con el castigo físico cuando se trata de niños es que está tan aceptado en la sociedad que no es fácil reconocerlo como violencia. A nadie le extrañaría oír en el parque a una madre amenazar a su pequeño con un “te voy a dar”, e incluso cumplirlo; pero sí que nos llamaría la atención que el jefe nos respondiera con una bofetada si le entregamos un informe mal redactado, ¿verdad?

Castigo físico es el uso de cualquier forma de fuerza para corregir una conducta. Aquí entran las nalgadas, por muy suaves que sean, zarandearlo, los zapatazos, las bofetadas, pellizcos, etc. Todos son comportamientos violentos, igual que gritar, insultar o degradar a los niños.

 

CONSECUENCIAS
-Solo enseña lo que no hay que hacer, no les decimos cuál es el comportamiento adecuado.
-Enseña a obedecer por miedo y solo se garantiza que seguirán nuestras normas cuando estemos delante. ¿Qué pasará cuando tengan que decidir por sí mismos?
-Su autoestima y aprendizaje se resienten. Pueden tener sensación de soledad, tristeza y abandono y considerar que el mundo es un lugar amenazante.
-Pueden producirse más daño de forma accidental.

 

Para los padres

-Ansiedad y culpa por no haber podido resolver la situación de una manera menos violenta.

Finalmente, es importante mencionar que no hay justificación alguna para actuar con violencia, lo mejor en estos casos es guardar la calma para poder solucionar los problemas de la mejor manera sin afectar la salud física y emocional de nuestros peques.

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