Reflexión: Una lección con Gustavo Alvite

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Imagen:Depositphotos/VadimVasenin
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(CON LA MEJOR INTENCIÓN) 

Con todo respeto, solo los ciegos, sordos, afectados del cerebro o de plano p… tarugos pueden negar la existencia de la energía que rige el universo y sus seres vivos, fauna y flora incluidos.
Naturaleza, Dios, Jehová, Cristo, Yahvé, Elohim, El Roí, Luz… y cientos más son los nómbres con que el ser humano denomina esa innegable supremacía.
Esta consideración obedece a la reflexión de que en tiempos sin apremio los frágiles y efímeros pobladores del mundo se dividen en dos grupos: los que reconocen esa etérea fuerza… y los que la niegan. Los primeros, dueños de una sincera inteligencia-humildad y los segundos, esclavos de su ignorancia o su soberbia.
Sin embargo, unos y otros nos descubrimos alejados de esa energía víctimas de la rutina, la imprudencia, la velocidad, la tecnología, la ambición, la irreflección, la volubilidad y un largo etcétera de defectos privados-virtudes públicas cuando las circunstancias nos sacuden.
Esta etapa de la vida que nos coloca a todos ante la incertidumbre y el temor ha logrado ubicarnos crudamente como breves y frágiles pobladores de una infinita creación que llamamos universo, palabra que intenta abarcar idiomáticamente la inmensidad.
Al conjuro del apodo impuesto por el organismo mundial de salud a esta calamidad contemporánea acude el trastocamiento mental y emocional que asigna nuevas apreciaciones a la escala de atávicos valores en la sociedad empezando por el dinero. El oro almacenado para respaldar los papeles con que los hombres adquieren suntuosidad y hasta poder, vale menos que una todavía desconocida substancia que nos salve de la moderna peste… y los poseedores del áureo y otrora valioso metal adquirieron, en pocos días, la misma condición inerme de los pobres del planeta.
Jerarcas de potencias económicas mundiales y parias habitantes de bajo puentes son aquejados por las mismas molestias amenazantes y el mismo diagnóstico reservado.
Los millonarios astros del deporte y las sillas de ruedas corren por el mismo carril.
Las zonas brillosas de riqueza o las grises casas de cartón representan el sano reducto; el mármol y la lámina de cartón solo son variables de construcción del mismo escudo.
Los títulos nobiliarios y los apodos valen lo mismo ante la amenaza.
Los prosopopéyicos apellidos y los comunes apelativos se mezclan en la misma lista de afectados.
Las fronteras no son cercas que protejan un patio, ni los presidentes gozan de una inmunidad de vida.
Las edades no se cuentan, ahora se cuidan, nada más.
Los signos de admiración ante los avances tecnológicos se han trocado por los de interrogación para el futuro.
La descomunal fortuna del ocupante de la primera casilla de “Forbes”, no sirve para pagar un seguro de vida que le asegure vivir.
La oración más sencilla es ahora el real Esperanto, el idioma de todos los hombres.
La coloquialidad de la calle aconsejaría en términos llanos que: “Pa’ que tanto brinco estando el suelo tan parejo”. La vida significa lo mismo para todos.
El hecho inédito del aislamiento y las calles del mundo vacías recuerdan el tema del autor borícua:… “el músculo duerme… la ambición descansa”.
La realidad sacude y coloca al “homo sápiens” en la expectativa.
La Vida nos ubicó en la real comunidad. Tan comunes somos que los lugares comunes son las sedes del mal.
La real Universidad de la vida nos enseña con esto que vivimos, que como en el ajedréz, después del juego…-los reyes y los peones vuelven a la misma caja”.
Pero…
“No hay mal que por bien no venga” reza un refrán universal. Casi un axioma.
Pasado el período o hallada la cura…
El mundo que parece girar hoy en goznes enmohecidos y rechinantes habrá de recuperar su dinamismo… y la vida sus colores.
Y la vida será más apreciada que nunca.
Y la libertad volverá a ser el punto de partida.
Y la salud… a ser el más grande activo humano.
Lo importante es que por más largo que sea el encierro, abrir la puerta permitirá entrar la luz.

No hay que desesperarse…
… y aprender la lección.

Autor: Gustavo Alvite

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